LA SOMBRA DE LA TRAICIÓN

El silencio en el monte se había roto. No era el de un animal espantado ni el de una rama quebrada, era un silencio pesado, denso, cargado de la presencia del acero y la tecnología. La Cuarta Brigada del Ejército, junto con el CTI, no había llegado por casualidad. Habían llegado como cirujanos, con un corte preciso en el sector de Ituango, directo al corazón del campamento donde se escondía Andrés Ruiz Ruiz., alias «Manteco» La información había sido demasiado perfecta, demasiado rápida. Demasiado limpia.

Mientras los soldados rodeaban la zona, la duda se envenenaba entre los hombres de Wilmar de Jesús Molina Graciano alias «Tres Codos». ¿Quién cantó? La pregunta flotaba en el aire, más peligrosa que cualquier bala. Las miradas se cruzaban y ya no había confianza, solo sospecha. Y en medio de ese torbellino de paranoia, un nombre resonaba con más fuerza que otros: «Iván». No cualquier Iván, sino «Iván Mordisco» o «Marlon», los jefes de la estructura. ¿Habrían sido ellos? ¿Habían vendido a un hombre leal como «Manteco» para ganar un punto para su futura desmovilización, para limpiar su imagen, para simplemente deshacerse de un guerrillero demasiado problemático?

La idea era un veneno que se extendía por las venas. Si un jefe podía sacrificar a un guerrillero, ¿qué seguridad les quedaba a ellos? A los que aún estaban libres, escondidos en la maleza, escuchando el operativo a lo lejos, el miedo era ahora un compañero constante. Ya no era el miedo a una bala perdida en un combate, era el miedo a la puñalada por la espalda. Era el terror de saber que su propia sombra podría delatarlos, que el hombre con el que compartían el tinto de la mañana podía estar vendiendo su ubicación por unos pesos o por un cargo.

La captura de de alias «Tres Codos» no era solo la caída de un hombre. Era la prueba tangible de que estaban solos, de que la hermandad guerrillera era una mentira. Cada uno de ellos empezó a pensar en la misma cosa sus rostros lo demostraban quien nos traicionó, en la única salida que quedaba cuando tus propios jefes te consideran desechable. Entregarse. La idea, antes impensable, ahora a tomar forma. ¿Para qué seguir luchando por una causa que te traiciona? ¿Para qué seguir obedeciendo a unos «Ivanes» que te cambian por una operación de prensa?

El miedo que ahora sentían no era al Ejército. Era a ellos mismos. Era a la traición. Y en ese miedo, la semilla de la rendición empezó a germinar, sabiendo que el verdadero enemigo no siempre llevaba uniforme. A veces, llevaba el mismo rostro y la misma camuflada que tú.

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